La Bailarina
Pasé por la casa casi sin darme cuenta y por unos cuantos minutos no recordé qué hacia ahí.
La escalinata de la entrada me llamó poderosamente la atención. De un color verde oscuro, la madera perfectamente escalonada, me llamaba. Me invitaba a entrar, eso y que la puerta estaba abierta.
La casa se sentía vacía, había algunos muebles, una vitrina con muñecos tallados en madera y a la vista ahí estaba, llamándome a entrar: otra puerta de madera verde entreabierta. Sin pensarlo dos veces y sin saber porqué empujé con ansías esta segunda puerta, y entré. El decorado seguía la misma línea que en la entrada: algunos muebles y otra vitrina en madera. Esto, lejos de asustarme, despertó mi curiosidad. Abrí la vitrina con sumo cuidado y como niño que no se decide por un juguete, miré todos y cada uno detalladamente, hasta decidirme por uno de ellos.
Creo que me había llamado la atención desde el principio y yo no lo tomé en cuenta, era una bailarina. Así tallada en una madera oscura, asegurada con una o tal vez dos manos de barniz... ahí estaba con una pierna levantada como interpretando una gran danza. La tomé entre mis manos y de pronto sentí algo muy extraño. La casa parecía haber cobrado vida, se había iluminado la sala y en el costado se podía ver el hogar prendido. Sentí voces y tuve la intención de salir corriendo, pero algo me paralizó en el lugar. Y de pronto, ahí estaban... quedé erplejo, sentí que la piel se me transformaba y un sudor frío comenzó a gotear por mi sien. Esa pareja, seguía discutiendo delante de mí sin notar mi presencia. Pero lo más extraño fue, cuando me dí cuenta que él era yo. El que discutía con la chica era yo. Era yo, y me veía. La chica me reprochaba – o le reprochaba a él, mejor dicho- que no la dejaba bailar por celos. Y él le decía que no tenía que dar explicaciones, no la dejaba ir y punto. Entonces, de pronto ví lo que no hubiera querido ver nunca, hubiera preferido quedar ciego. Ella, tan delgadita y suave, con su pelo rubio tan largo y sus manitos chiquititas, sacó fuerzas para gritarle: “-Bailar es mi vida, si no me dejas bailar, me mato”. El otro yo que estaba parado frente a mí, como para que yo no me perdiera detalle del asunto, la quiso abrazar para calmar la situación. Pero ella ya había tomado una decisión. Al sentir su frialdad, él retrocedió unos pasos y le dijo: “-Como prefieras, amor mío, pero si bailas te dejo”. Los dos se miraron con odio y ella caminó con decisión hasta una puerta, la abrió y se metió dentro de la habitación pegando un portazo. Él se sentó en un sofá y se dispuso a leer el diario. Yo seguía paralizado, como si la escena no hubiera terminado. Y para darle una buena caída acompañada de aplausos al gran telón rojo... se escuchó un disparo. La bailarina de madera cayó de mis manos. En ese mismo instante recuperé la movilidad, la casa había vuelto a su oscuridad normal. Después de esa extraña vivencia, que no tenía significados para mí, decidí irme. Busqué la bailarina en el piso, para ubicarla en su lugar, busqué debajo del sofá y no pude encontrarla. Quería ponerla paradita con su paso de baile como estaba cuando la encontré, quería dejarla bailando... Desistí de mi búsqueda y caminé hasta la salida, allí me esperaban la puerta de madera verde, la escalera y mi vida normal.
Cuando salí a la calle, los ví. Allí estaban ellos, parientes y amigos, enlutados. La fila de coches completaba la cuadra, principiando la seguidilla de autos: el coche fúnebre.
Alcancé a comprenderlo.-
La píldora del olvido
Juan era un gran inventor. Su vida había transcurrido de invento en invento. Hasta había inventado una fórmula para hacerse invisible, pero todavía tenia que perfeccionarla porque sólo lograba que desaparecieran las manos y los pies.
Un día de esos en que Juan se levantaba con un invento en la mente, sucedió que tenía tantas ideas en la cabeza que todas se agolpaban por salir y no podía fijar ninguna. Pensó en la manera adecuada para despejar su mente y poder tener un pensamiento a la vez, pero fue imposible. Mientras más se concentraba, más ideas juntas peleaban por salir. Lo primero que se le ocurrió, fue anotar sus ideas en diversos papeles para poder reconocerlas e ir pensándolas a su tiempo. Pero esta idea no resultó porque mientras más escribía, más ideas le venían a la mente. Terminó enredado en mil papelitos de diversos colores pegados en tubos de ensayo, repisas, libros y todo lo material existente en el laboratorio. En vano buscó en su biblioteca algo que lo ayudara a clarificar su mente de una vez por todas.
Entonces de pronto se le ocurrió inventar una fórmula para olvidar. Razonó que si de alguna manera pudiera olvidar parte de sus problemas e ideas, podria ser mucho más inventivo.
Estuvo en su laboratorio días completos, buscando la solución a su problema, hasta que después de probar y combinar mil componentes distintos, lo encontró.
Descubrió una fórmula para olvidar, armó las píldoras y tomó una. Enseguida quizo saber si habia surtido efecto, empezó a pensar en recuerdos de su vida y todo le venia a la mente. Pero de pronto se dio cuenta que habia olvidado los nombres de sus amigos, tampoco recordaba si tenia algún amigo. Pero seguía teniendo la cabeza llena de cosas e ideas. Sin siquiera esperar un tiempo prudencial, ingirió otra píldora, a los minutos se dio cuenta que no recordaba donde había nacido, ni cuando. Y ni siquiera recordaba su nombre. Pero como todo científico no se asustó, quiso seguir explorando. Cuando ingirió la quinta píldora se sorprendió al verse de guardapolvo y en ese lugar tan extraño. No le venia ninguna idea a la mente, tampoco ningún dato sobre su vida. No recordaba quien era, que hacia y porque estaba allí. Mucho menos podría haber recordado cual era la píldora que revertía el proceso. Salió del lugar confundido y sin rumbo fijo, no tenía documentos o papeles con su nombre, porque todo estaba guardado bajo llave y él no sabia donde.
Desde esa vez nunca más se lo volvió a ver o a escuchar palabra alguna sobre él. Desapareció sin dejar rastro y algunos dicen que anda por ahí tratando de averiguar su nombre, de recordar todo lo olvidado.-
Una vida muy singular
Nos enterábamos de todo por medio de esos papeles que empapelaban nuestro hogar.
Nuestra convivencia era perfecta, mi mujer se ocupaba de mantener nuestro lado del cartel limpio y ordenado. Los niños jugaban en un rincón a adivinar en qué época estábamos o a leer al revés los papeles que nos pegaban.
La vida en el cartel era plácida y sin altibajos. Yo me ocupaba del bienestar de la familia y lo hacía de manera tan responsable que nunca nos faltó nada.
No voy a explicar el porqué de nuestra vida, vivíamos en un cartel porque sí. Porque fue una circunstancia más en nuestra existencia.
Un día mientras mis hijos jugaban a leer al revés un nuevo papel, nos enteramos que elegirían a un nuevo presidente. Quedamos atónitos frente a la noticia, el mundo que pasaba de largo afuera del cartel no nos interesaba mucho... pero los presidentes si que eran importantes.
Por cada nuevo gobernante nos embadurnaban con papeles y papeles, unos arriba de los otros y no alcanzábamos siquiera a leerlos. Esto sumado a que siempre tuvimos, mi mujer y yo, el presentimiento de un final cercano. Cada nuevo papel anunciaba un cambio, la tecnología nos invadía cada vez más. Se preguntarán cómo sé yo todo esto... muy sencillo, uno se entera de absolutamente todo, leyendo carteles.
Les quiero explicar porqué nos molestan los nuevos presidentes, y porqué mi mujer y yo teníamos ese mal presentimiento. Todo está relacionado, cada candidato a presidente trae consigo miles de papeles, con cambios y promesas. En primer término no nos gustaban esos papeles, eran aburridos. Y hasta debo decir que de vez en cuando mis hijos se han llevado el susto del siglo con alguna de esas fotos impresas a todo color.
Pero el final... era –como dije antes- predecible. Habíamos visto un papel que mostraba como ya no hacía falta comprar libros, porque ahora se los leía electrónicamente. Con mi señora nos quedamos pensando largamente en el tema, y nos dimos cuenta que en cualquier momento un nuevo presidente sacaría todos los carteles para poner algo más nuevo y nos quedaríamos en la calle. Y así fue. Asumió un nuevo presidente (que por la foto del papel, ya nos hacía entrar miedo) y los cambios empezaron a aparecer.
El fatídico día en que pegaron ese papel, estábamos cenando y el colorido nos llamó la atención; por eso fuimos todos a leerlo. Se trataba de una propaganda muy colorida, promocionando unos nuevos carteles luminosos que reemplazarían a los viejos carteles comunes... nuestro hogar.
Así, nos quedamos toda la noche despiertos, pensando a dónde iríamos a parar. Sabíamos perfectamente que no podíamos vivir en un lugar así.
Y el cambio no se hizo esperar, al otro día ya estaban sacando la base del cartel. Y nos quedamos sin casa.
Hoy, acá estamos, después de mucho andar encontramos un pueblito dónde no llegan los cambios. Los carteles y las calles siguen como siempre y todo volvió a la normalidad. El cartel que elegimos para vivir es muy cómodo... aunque un poco raro. Lo extraño del cartel es que no tiene colores, ni papeles y nadie viene de noche a pegar propagandas.
Por acá pasan muchos autos, no pasa gente y lo único que sabemos es que… “Villa Elisa queda a 70KM”. -
Los desamparados
No recuerdo detalles precisos, ni momentos o lugares especiales… sólo me acuerdo de áquel tipo. Eso sí que no lo olvido, recuerdo que pensé: “qué tipo más jodido” cuando se dio vuelta como en calesita y me zampó una cachetada que hasta hoy la siento quemando debajo de la piel, “Mejor que te calles pibita- me dijo- acá no necesitamos minas cocoritas”. Y claro, lo importante no era si yo tenia un pensamiento existencialista o si creía que Freud estaba equivocado; lo básico era mostrar las tetas, bastante el culo y bailar un rato para los “desamparados”. Así les decía yo a los tipos esos que se prendían a la botellita de ¾ y nos miraban desde abajo como pibes sin hogar. Eso sí, eran muy respetuosos con nosotras, bailábamos un poco, mostrábamos otro poco y nos daban guita, pero siempre con la puntita de los dedos…ahora que lo pienso no sé si era por respeto o para no contagiarse alguna venérea. Pero al fin de cuentas, eran desamparados… y no eran mejor que nosotras eso seguro, conformándose con noches de alcohol en un bolichito de cuarta para no mirarse en el espejo, para no ver la pobreza de sus propias vidas.
Yo me habia hecho bastante amiga de la Ángela, una mina de diez, medio estúpida la pobre pero cómo la apreciaba el público!, si parecía que se venía todo el bolichito abajo cuando la Ángela salía vestida de mujer policía y de a poquito se iba sacando la ropa. Con un baile gracioso y estilizado que a los hombres enloquecía. No si la Ángela era medio estúpida pero que sabía lo que hacía, eso seguro. La pobre tenia un pibe que alimentar, por eso me salió la gringada de adentro cuando el Antonio la quiso cagar en la cuenta. Por eso no pude callarme, el tipo era muy piola pero yo no lo iba a permitir. “No te hagas el boludo “- le escupí en la cara – “la estás cagando con la guita, chorro de mierda”. Ahí fue cuando me pegó la cachetada esa (que hasta hoy me duele en el orgullo) y lo empecé a odiar. Era un odio tan profundo que hasta a mi me daba miedo. “Que se habrá creído el muy hijo de p…”, “y al final que me meto a defender el buen honor de la Ángela, yo?” “si me lo tengo merecido por meterme donde nadie me llama”. Pero lo odiaba tanto … , aunque ahora que estoy acá encerrada tengo más tiempo para pensar y no sé que me daba más bronca… si el tipo que era una basura o el hecho de estar caliente con él y que no me diera bola. Siempre me gustó su manera de vestir tan llamativa y los bigotes que le quedaban tan bien. Pero el tipo era casado y de los buenos, nunca se tiró a ninguna mina del bolichito, parece que el tipo la quería a la mujer y esto era un trabajo para él y nada más.
En fin, no podría decir que hubiera nada premeditado, el odio hacia el Antonio iba en aumento y un día explotó. Aunque reconozco que esa cachetada me erizó la piel y me dio ganas de desnudarme y que me siguiera pegando… pero en el momento el orgullo pudo más que la calentura. Me dejó la cara hirviendo, cuando me miré en el espejo tenia sus dedos marcados en el cachete derecho. Me maquillé como pude y salí igual, bailando como siempre y mostrando lo debido. Eran más de las cuatro de la mañana y el boliche ya estaba cerrado, las minas se habían ido yendo porque la noche estaba muy floja. La Ángela me saludó y agradeció que la defendiera, pero…-“cuidate con el Antonio, haber si todavía te raja por mi culpa”- me murmuró.
Quedábamos él y yo y no planeé nada, todo se fue dando como una obra de teatro. Estaba en la barra contando la guita y sacando cuentas, yo caminaba despacio con el cuchillo en la mano y no me vio venir. Me le tiré encima clavándole un puntazo en la espalda que lo dejó descolocado y sin esperar reacción alguna repetí la labor como 30 veces. Hasta que me di cuenta que el tipo estaba más que muerto. Me lavé las manos, me cambié la ropa ensangrentada y me fui a tomar un taxi. Cuando llegué a la pensión eran más de las 6 y Doña Eulogia (la dueña) tomaba mate en la cocina. Pasé directo a la pieza y me tiré a dormir.
Como a las 4 de la tarde sentí los golpes en la puerta, era la policía, yo los esperaba calmada.
“Esta arrestada por el homicidio de Antonio Pérez” me dijo el milico más gordito. “Bueno -contesté yo- déjeme lavarme la cara”.-
Sobreviviendo
Pedro trabaja en un quisco de diarios y revistas en la calle Callao. Se levanta a las 6:30, desayuna con unos mates mientras piensa en su vida. Mientras piensa que tiene 35 años y sigue soltero, que vive solo y que tiene una pila de ropa para llevar el domingo a la casa de su madre. Ella le sigue lavando y planchando como cuando era chico. Termina de acomodarse la ropa, se mira por última vez en el espejo y sale. Tiene que caminar 4 cuadras hasta la estación de subte. “Hoy hace frío” piensa Pedro, mientras se sube el cierre de la campera y mete las manos en los bolsillos. Las cuadras se hacen largas cada vez que camina apurado. Es que tiene que tomar el subte de las 7:30 para llegar a horario y no ir hacinado en el subte de más tarde.
Pero aunque siempre planea llegar a horario, es imposible; siempre se pierde en sus cavilaciones y pierde la noción del tiempo. El jefe lo perdona, lo conoce desde que era una criatura, era el mejor amigo de su padre. “Si el viejo viviera -piensa Pedro mientras baja la escalinata de la estación en medio del tumulto- por ahí todo seria distinto, hubiera tenido más autonomía, hubiera podido estudiar... es jodido que te falte el viejo a los quince” afirma mentalmente con tristeza Pedro.
-“Un cospel, por favor”
-“Gracias, hasta luego”, Pedro se pregunta una y otra vez para qué saluda amablemente a la cara detrás del vidrio, si el saludo jamás es respondido.-
Pedro camina hasta el molinete y advierte que perdió el subte. Por eso no se apura, tampoco se queja... ya ha perdido varios trenes en su vida, está acostumbrado. Se le escapó sin darse cuenta el tren de la adolescencia y así como un suspiro pasó el de la juventud. Ya no corre más trenes, por ahí camina un poquito apurado como para tentar al destino nomás.
Se sienta en el banco de la estación mientras lee los titulares de un diario que le dieron al pasar. (“eso de repartir diarios gratis nos baja el negocio”, pensó... pero después se arrepintió). Se entretuvo con la prensa gratuita hasta que un chirrido le advirtió que el tren había llegado –“Ni pienses en rezongar, Pedro”- se dijo así mismo – “ya sabes que a esta hora el subte va lleno”. Se acomodó como pudo en un rinconcito mientras una señora con mal aliento le respiraba en la cara. Cada estación era un subir continuo y no existía ningún “bajar”. Parecía que ya no entraba más gente, cuando por fin llegó Congreso y feliz bajó del subte, casi tirándose para no quedarse una estación más por buenudo y tener que caminar después. Empujó, codeó y se tiró. En este Buenos Aires se acabaron los “permiso”, “por favor” y “gracias” hace mucho tiempo. Pedro subió la escalinata de la estación y feliz respiró aire (aunque no fuera el más puro). Caminó dos cuadras hasta el puesto de diarios y revistas. “Hoy voy a pasar mucho frío” pensó, mientras una lloviznita cruel empezaba a rozar su cara.
Mario estaba acomodando los diarios cuando Pedro llegó. Se saludaron como cada día desde 15 años atrás. Tomaron unos mates juntos y Mario se fue.
“Comienza otro día de trabajo” pensó Pedro, mientras ponía un nylon para cubrir la mercadería de la lluvia. A esa hora se vendía mucho, sobre todo diarios. Pero la lluvia entorpecía a la gente de maneras increíbles. Por eso los días feos se vendía menos; porque la gente corría procurando llegar a al trabajo sin mojarse y se olvidaban de los diarios.
“Lo que parecía una lloviznita, se transformó en chaparrón!” le comentó un trabajador de la zona a Pedro, mientras pedía su diario matutino. Pedro asintió con una sonrisa forzada, los días de lluvia lo deprimían aún más. No se vendió casi nada y el del restaurante vino a tomar el pedido. O sea que encima de la lluvia, Pedro comió dos horas más tarde. Eso pone de mal humor a cualquiera. A las 18.00hs llegó Mario con la sonrisa mojada. La lluvia no había cesado y Pedro casi no quería irse para no mojarse. Tomaron unos mates juntos y Mario le volvió a preguntar si había pensado en la propuesta de comprar el kiosco. Mario ya tenia 60 años y quería descansar un poco, si le vendía el quiosco a Pedro podría concretar sus sueños. Por su parte, Pedro, contaba con la plata para comprarlo, pero no quería morirse atendiendo un kiosco. “-Dejame que lo piense un poco más, Mario.”, “_No te hagas problema hijo, yo te espero” le contestó Mario. Al fin Pedro salió bajo la lluvia, caminó y bajó las escalinatas de la estación. Compró un cospel y tomó el subte. Bajó en la estación de su casa, caminó las cuatro cuadras y la lluvia no había amainado “Por fin en casa” pensó Pedro aliviado. Comió temprano y se acostó a dormir. Mañana le diría a Mario que le compraría el kiosco, “total nada iba a cambiar”.-
La historia de las suelas de los zapatos
En un extraño pueblo alejado de todo, se cuenta una historia muy rara sobre una rebelión de suelas de zapatos. Lo que aquí se transcribe nunca pudo ser corroborado, pero llegó a mis oídos por gente del lugar.
Se dice que era un pueblo tranquilo en demasía, que nunca pasaba nada raro y que la gente vivía aburridísima. Las calles eran de adoquines y como era un lugar chico no había transportes. La gente se la pasaba caminando y gastaban mucho los zapatos, porque paseaban todo el día y los adoquines destrozaban cualquier suela.
Cuenta la historia que un día en que no pasaba nada de nada, empezaron a pasar cosas... las suelas de los zapatos empezaron a comunicarse entre sí. Y podrán preguntarme cómo se dio cuenta la gente de este hecho tan particular, muy simple: las suelas iban dejando huellas evidentes para que otras las leyeran. Por ejemplo, pisaban un charco a propósito y luego iban dejando pisadas como trazando mapas en el suelo de adoquines. Cuando el sol borraba estas huellas de agua imperceptibles, empezaban a pisar a propósito otros elementos (para disgusto de los dueños de los zapatos) y el pueblo empezó a verse manchado y arruinado por pisadas de diversos colores (y olores). Entonces, fue ahí cuando la gente empezó a ver estas huellas inocentes como mensajes ocultos que no lograban comprender. Y lo peor de la situación empezó a verse cuando los lugareños caminaban, porque nunca lograban ir donde realmente querían. Por ejemplo, si querían ir a la peluquería e iban caminando hasta allí, de pronto fuerzas extrañas hacían que fueran pisando las huellas ya marcadas en el adoquín y terminaban en la panadería.
Después de días enteros de observar estos espectáculos escandalosos, el medico del lugar (que sólo usaba sandalias por un problemita de sabañones) empezó a llamar uno por uno a todos los lugareños para examinarlos. Su gran sorpresa fue descubrir que ninguno estaba loco (o al menos los que habían podido llegar al consultorio sin terminar en la panadería), todo lo contrario estaban más sanos que nunca. Mucho más que aquella vez en que por una plaga de la lechuga todos empezaron a creerse orugas...
La pregunta crucial de la gente era: ¿por qué siempre terminaban en la panadería?, evidentemente allí había algo que le interesaba a las suelas. Pero... ¿qué sería? El panadero se hacia exactamente la misma pregunta.
Son las dos de la mañana y en el fondo de la panadería se está llevando a cabo una reunión de suelas. Todas las suelas de los zapatos del pueblo están allí reunidas.
-¡Primero hay que eliminar al médico! - gritaba una suela en el fondo. Seguido a esto un murmullo general que asustaba. De pronto apareció…
-Ahí llega el jefe, shhhhhh-
La suela del zapato del panadero habló con compostura y buen palabrerío, nadie sabía que los discursos se los hacía la suela de la esquina…
-Buenas noches a todos- saludó con presuntuosidad- estamos hoy reunidos en este salón porque ya no podemos permitir esta desconsideración de la gente, yo por mi parte no soporto más a este gordinflón que me aplasta y tortura día a día. Hay que revelarse, esto no puede seguir así (seguidilla de aplausos contra el piso enharinado)
-Propongo:
*que todas nos vayamos de este lugar
*que nos venguemos de los humanos
*que organicemos nuestro propio pueblo en las afueras
Aplausos, las suelas estaban como locas.
Mientras tanto en el consultorio estaban reunidos todos los lugareños…
-¡Esto no puede ser!- exclamaban- ¿tengo que andar descalzo toda la vida?
-Ya encontraremos una solución- decía el medico- no se exasperen.
-Prendamos fuego la panadería con ellas adentro- gritaba uno
-si, si- gritaban todos
-Nooooo- gritaba el panadero
-hay que conciliar con ellas – terminó diciendo el medico
-pero... ¿cómo?
-Vamos a la panadería…-
Y así parece que después de hablar por varias horas llegaron a un acuerdo general donde las partes involucradas quedaron satisfechas. La gente caminaría menos y con más cuidado, sacarían los adoquines y colocarían asfalto y las suelas prometieron ir donde se les pide y no dónde ellas quieran.